El mercado negro de pepinos de mar en Yucatán

Foto de archivo de un boletín del Gobierno del Estado de Yucatán.Foto de archivo de un boletín del Gobierno del Estado de Yucatán.

Por Javier Escalante Rosado

A diferencia de otras entidades, las balaceras y las muertes no suceden en colonias o bares de la ciudad, sino en el océano, durante la captura del pepino de mar.

Yucatán es considerado el estado más seguro de México. Sus habitantes no están acostumbrados a los secuestros ni decapitados, tampoco a los enfrentamientos entre grupos criminales. Existe una aparente tranquilidad. A diferencia de otras entidades, las balaceras y las muertes no suceden en colonias o bares de la ciudad, sino en el océano, durante la captura del pepino de mar, un actividad controlada por organizaciones criminales.

Para conocer el fenómeno viajé a la costa yucateca y fui testigo de la forma en que operan los «pepineros», quienes permitieron mi presencia al constatar que se trataba de un ejercicio periodístico.

Tras varios encuentros y mediante un acuerdo de confidencialidad, accedieron a hablar acerca de este negocio y llevarnos a un «sancochadero», es decir, el lugar donde procesan el pepino de mar; un sitio apartado entre matorrales, manglares y árboles tropicales, cuya única forma de llegar es en una embarcación motorizada.

Los «pepineros» son los hombres que se sumergen en las profundidades del mar en busca de esta especie. En su mayoría son yucatecos que han dedicado toda su vida a la pesca, pero fue en el 2010 cuando descubrieron la mina de oro que se encontraba en el lecho marino de sus playas.

Y es que este negocio ha alcanzado dimensiones millonarias, según las últimas cifras, en Dzilam de Bravo —puerto ubicado a tan sólo una hora de Mérida— el kilo del pepino crudo llega a costar hasta 150 pesos. Si se comercializa «sancochado» (cocido) el precio puede llegar hasta los mil o mil 400 pesos. En Hong Kong y en China, este animal marino alcanza hasta los tres mil dólares el kilogramo.

En México, por tratarse de una especie protegida, sólo autorizan alrededor de diez días al año para su comercialización legal. Sin embargo, esto es sólo letra en el papel. El senador Daniel Ávila Ruiz, en entrevista para VICE acusó a las autoridades estatales y federales ser parte de la mafia, y aseguró que cooperativas pesqueras vinculadas con personajes políticos resguardan toneladas de esta especie y aprovechan el levantamiento de la veda para vender con documentos y facturas el producto almacenado durante todo el año.

Uno de los mayores decomisos en la historia ocurrió en la congeladora Hulkín, en mayo del 2017. La Procuraduría General de la República (PGR) informó que se trataba de 5.5 toneladas. Sin embargo Armando Herrera, directivo de la empresa pesquera, nos dijo que fueron más de siete toneladas, y que su precio alcanzaba los $9.8 millones de pesos.

Busqué al delegado de la PGR en Yucatán, Juan Manuel León y León, para conocer los detalles del caso, sin embargo señaló que no podía dar declaraciones al respecto, y que todo debería ser tratado a través del departamento de ‘comunicación social’. A pesar de nuestra insistencia durante varias semanas no obtuvimos respuesta.

Autoridades coludidas

«David» es un hombre que no teme hablar, pero por la seguridad de su familia mantendremos cierto anonimato. Él es nuestro contacto con el mercado negro del pepino de mar. Es de Tabasco y llegó a Yucatán desde hace más de una década.

«El pepino de mar es un negociazo, pero también es una rotura de madre. Como en todo, los que más ganan son nuestros jefes. A mí me ha tocado llevarle a su oficina maletines repletos de billetes cada semana», relató mientras nos conducía en lancha a uno de los muchos sancochaderos que hay en la costa yucateca.

Le pregunto a David si las autoridades están coludidas en este negocio.

«Claro que sí. Conocen el negocio y nos permiten trabajar porque se llevan una buena tajada. Les conviene», me responde. «Te voy a poner un ejemplo, nosotros sancochamos el pepino de mar lejos del puerto, en lugares de difícil acceso, y son las propias autoridades como la Sedena, o en su caso la Marina, y los elementos de la Secretaria de Seguridad Publica quienes nos echan el pitazo y nos dan aviso de los operativos».

Tras contarme sobre la colución entre los pepineros y las autoridades, David me cuenta que comenzó a tratar con los soldados a partir de una vez que lo detuvieron: «En una ocasión los soldados me detuvieron con cargamento en algún retén. Me pidieron 50 mil pesos para dejarme ir. Accedí y desde ese momento comenzamos la relación. Ahora cada vez que paso los saludo y les doy para los refrescos, mil o dos mil pesos. Es claro que sus superiores conocen el negocio».

En los últimos años el robo con violencia en el mar ha ido en aumento, así lo documenta Milenio Novedades en una de sus notas titulada «Piratas balean a ‘pepineros’ furtivos en Dzilam de Bravo… aseguran que encapuchados asaltaron una embarcación».

Uno de estos casos, fue Jovani D. M. R. de apenas 16 años de edad, quien falleció por una herida de bala en altamar causada por pescadores enfurecidos de Isla Arena; quienes cansados por los robos hicieron justicia por propia mano contra quien –presuntamente- era miembro de un grupo de «Piratas Modernos», quienes habrían intentado sustraer un par de motores.

«Antes no portábamos armas, no teníamos necesidad. Sin embargo ahora tenemos que hacerlo», explica David. «Ha habido muchos asaltos en altamar. Son embarcaciones piratas que llegan a robarnos todo el pepino que hemos capturado en el día, y pues tampoco se vale».

Pero las muertes no sólo son por la violencia, más de 50 pepineros han fallecido en las profundidades del mar en los últimos cinco años, víctimas de una descompresión en el sistema sanguíneo por emerger demasiado rápido a la superficie.

Antes los pescadores encontraban el pepino de mar a diez brazas de profundidad (aproximadamente 8 metros), en la actualidad tienen que sumergirse hasta 22 brazas debido a la escasez del producto. Cada embarcación traía en promedio una tonelada; hoy por jornada consiguen de 80 a 100 kilos.

El trabajo es arduo. Los hombres que trafican con la especie laboran entre seis y siete días a la semana, desde las 4:00 de la mañana hasta las 7:00 de la noche. Para poder aguantar el cansancio físico varios de ellos consumen cocaína.

«Si no existiera el pepino de mar, habría menos problemas. Ha llegado gente con otras costumbres, ha proliferado el alcoholismo, y sobretodo el consumo de drogas», expresó Julio Villanueva Rivero, alcalde de Dzilam de Bravo, durante una entrevista.

Desde muy temprano, los pepineros suben a un barco pesquero, llevan gasolina, marquetas de hielo, además un poco de galletas o chocolates para recuperar energías después de salir del agua.

«Te pones una faja en la cintura de tres plomos (pesa como 600 gramos) que a su vez está amarrada a una manguera, la cual nos alimenta de oxigeno cuando nos sumergimos. Básicamente es un compresor de aire (como el que utilizan en las refaccionarias de llantas) sólo que este aparato tiene un filtro hecho con carbón, algodón y dos o tres toallas femeninas que purifican el aire que respiramos bajo del mar», nos comentó David, mientras la embarcación avanzaba rumbo al sancochadero.

Una vez en el fondo marino recoge los pepinos y los mete en un costal, afuera el producto se almacena en una nevera con agua y hielo. Si no se hace esto, el pepino comienza a morir y le sale una «baba» que propicia un sabor extraño.

Bienvenidos al sancochadero

En apariencia el lugar parece un laboratorio rudimentario ubicado en un paraíso tropical. Las paredes y los techos son árboles y palmeras, a sólo unos cuantos metros del mar. Todos visten de shorts tienen una actitud amable y relajada.

En cuanto me bajé del bote me invitaron a comer de un aguachile que recién habían preparado. El recibimiento fue muy familiar; por un momento me olvidé que aquel lugar era un sitio ilegal.

El proceso de cocción es básico. En pailas de un metro de diámetro vierten el agua salada. Ahí colocan el pepino y posteriormente a fuego alto hacen que hierva, todo esto en menos de una hora. El fuego proviene de la leña y en ocasiones utilizan gas butano.

Hay unas neveras enterradas, así que le pregunto a David para qué sirven:
«Ahí guardamos el pepino sancochado. En ocasiones la Marina sobrevuela esta zona y tenemos que resguardar todo bajo la arena para no ser descubiertos. Esa fue idea mía», me respondió con una sonrisa orgullosa.

«¿Qué hay de cierto en que muchos de los pescadores que mueren son abandonados en altamar?», le pregunto a David.
«Yo sé de pescadores de Santa Clara, San Felipe y Dzilam de Bravo que han abandonado a sus compañeros que se ahogan en las profundidades. Les colocan piedras en los pies y los mandan al fondo del océano, o bien, los entierran en la arena de los manglares. Aunque eso lo hacen con los «foráneos», en su mayoría son personas sin experiencia que llegan al puerto en busca de trabajo. Es fácil desaparecerlos. No es que los asesinen, aclaro, más bien evitan darle explicaciones a la autoridad y poner en riesgo el negocio».

«¿A quién le venden el pepino?», le pregunto.
«No estoy seguro, pero creo que son varios carteles de droga los involucrados. Yo solo sigo instrucciones de los jefes (los dueños de las congeladoras). A mí me dicen ‘tal día hay que llevar cargamento’, entonces subimos todas las neveras al bote y nos vamos a altamar en horas de la madrugada. Ahí nos intercepta un enorme yate con decenas de hombres armados. Yo ni les veo la cara, sólo me dedico a pasarles las neveras con pepino».

«¿No te da miedo que te hagan algo?», finalizo.
«Pues al principio si me daba miedo, porque eran muchos y podían dispararnos en cualquier momento. Pero ahora he comprendido que esto es un negocio», termina David. «Ellos necesitan de pescadores que recolecten el pepino, y nosotros necesitamos que alguien lo siga comprando a un buen precio».

Publicado originalmente en VICE.com

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